Lo perfecto de lo imperfecto

Le dijeron que la vida era un cuento de hadas por el que se pasaba en zapatillas de algodón, pero no se lo creyó, para ella, la vida era convertirse en gato para saltar de tejado en tejado, y cada problema lo veía como una chimenea que esquivar. Porque saltar al vacío dejó de ser divertido cuando era cuestión de decisiones. Las margaritas ya no decían si la quieran o no los caballeros, Cupido se encontraba apostado sobre su ventana, pero ella siempre esquivaba la flecha. Vivir en un quinto le daba una perspectiva de la vida sobre las alturas a la vez que le permitía mantener los pies sobre la tierra. No se creía ni más, ni se creía tampoco menos; ni mucho menos, se creía un ejemplo de la nada que rodea las nubes en el cielo. Dejó de soñar para convertir sus sueños en metas de esas que se cumplen por difíciles que se pongan. Y dejó de ver a sus enemigos como tales ya que se dio cuenta que no merecía la pena, que cada salto por los tejados le permitía ver las miradas sinceras, las miradas amadas… Le permitía palpar a través de las ventanas los sentimientos ajenos.

Daba vueltas en torno a las farolas para encontrar soluciones a los problemas mientras miraba a las nubes y respiraba profundo. Nunca sabía qué hora era, ni tampoco si llegaría puntual. Se cansó de esperar que los libros la leyeran cuentos, se cansó de esperar sentada en el descansillo. Todos los errores que cometió por creer hacer las cosas bien mientras otros, ajenos decían que lo hacía mal. Las paredes que se derrumbaron miles de veces y que una tras otra ella volvía a construir y no para que la protegiesen si no para colgar en ellas cada una de sus victorias, cada una de sus metas cumplidas. Imágenes para el recuerdo que se quedan en la retina, la magia de una sonrisa, de una persona. Sus ganas de huir eran igualmente proporcionales a sus ganas de quedarse. Las maletas siempre estaban en el armario dispuestas a salir corriendo cuando ella las llamase. Cada vez que se cansaba de todo y de la mitad, se tiraba en la cama a imaginarse nubes de colores sobre el techo blanco de la habitación. Nunca daba ánimos a quien le importaba poco, ni sonreía a quien le caía mal. Si las cosas se ponían difíciles se ponía al mando del barco para evitar que se hundiera. A veces era predecible y otra una sorpresa constante con ganas de conseguir vales descuento para que los fracasos dolieran un 20 o un 30% menos. Odiaba las despedidas, pero más los reencuentros, siempre pensó que en la vida mientras durase no deberían existir despedidas porque siempre había reencuentros. No se planteaba ser madre, ni casarse, ni siquiera ser la hija o la amiga perfecta porque sabía que estaba a años luz de llegar a lograrlo. Pensó que estaba bien mejorar y madurar, pero por uno mismo y no por los demás. Entendió que tal vez, solo tal vez algunas personas la querían por cómo era con sus defectos y sus virtudes. Los tejados le enseñaron que la traición amiga existe, que las personas muchas veces no son como creemos, que en ocasiones nos venden cuando interesa, que podemos dar más de lo que podemos y creemos, pero da lo mismo porque nunca es suficiente, y entonces los muros del corazón se construyen solos y la coraza se vuelve fuerte.

Pero hay algo, que nunca hizo: Rendirse.

Dedicado a todas las personas imperfectas que no luchan por ser perfectas.

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