El reflejo del espejo

Iba paseando, disfrutando del aire que se entrelazaba con sus manos a la vez que el sol acariciaba sus sonrojadas mejillas. Añoraba el verano tanto como los abrazos que fueron y ya no son. Y perdió la sonrisa entre las calles mojadas de una ciudad perdida en el mapamundi de su vida. Añoraba tanto aquel tiempo que se olvidó del reloj en aquel pasado. Olvidó el significado de una bonita canción cruzando una calle, o el significado de los colores del semáforo que cada día le miran de reojo. Olvidó escribir sus pasos en aquellas paredes tintadas de color verde. Y siguieron las hojas del calendario cayendo sobre el inerte suelo. No quería que las heridas del pasado le recordasen las palabras no dichas, los abrazos no dados y las citas a las que no acudió. Sentía que había perdido la musa sin preguntar dónde o si quiera porque.

El viento resopla en las esquinas haciendo compañía a los que esperan, mientras la música de las calles sueña con el silencio más armonioso. Las aceras dibujan las biografías de aquellos que pasan. Los cristales reflejan los besos que estuvieron a punto de darse. Nada tiene sentido, pero ese nada hace que todo lo cobre, que todo tenga su significado, su momento, su lugar.

Y de pronto tras tantas reflexiones, se encontró frente a sí mismo, delante del espejo, de aquel que le había devuelto tanta incertidumbre, de aquel que nunca había tenido las respuestas a las preguntas; pero no era él, sino su reflejo más joven. El reflejo con menos arrugas, con menos ojeras y seguramente con menos edad, le pidió un consejo, le dijo que quería saber, a lo que el yo presente, respondió: “Vive cometiendo los errores que sé que vas a cometer, no cambies absolutamente nada, ni el sufrimiento más grande ni la metedura de pata más profunda, porque eso será lo que te haga llegar al presente actual, al yo, y es que aunque a veces me veas triste, o decaído, realmente estoy donde siempre quisimos estar”.

Y entonces lo entendió. Entendió que no debía preguntarle al espejo, que las soluciones no dependían del cristal viejo que colgaba de la pared, si no de él mismo.

Anuncios