El principe a rayas

Paseaba por las calles mojadas salpicándose las botas mientras soñaba con las estrellas que iluminaban la noche. Corría al amanecer para ver si así encontraba su destino o si tal vez se tropezaba con su príncipe de rayas. No concebía la vida sin la libertad que le otorgaban las alas trasparentes con las que había nacido. Reflexionaba sobre el mundo y las utopías, sentada en el sofá mientras las gotas corrían por los cristales de la ventana. Se pensaba perfecta hasta que la imperfección se chocó contra ella. Intentaba ser la mejor versión de sí misma mientras ni ella soportaba sus malos humores por la mañana. Salía a la calle escuchando la banda sonora de su vida mientras chasqueaba los dedos por si sus deseos se cumplían. No le gustaba decir adiós y mucho menos decir hola. Y por ello, pensaba que sería la loca de los cuarenta gatos a los cuarenta. Pero un día de buena mañana llegó alguien, llegó ese príncipe a rayas. Y todo cambió. Y sintió que se perdía entre sus deseos y la pasión. Y quiso frenar los meses y los segundos. Tan a disgusto estaba que el tiempo pasara que rompió todos los calendarios que marcaban que los días iban pasando. La feliz tenia embargada las lagrimas. La sonrisa se dibujaba en el espejo de color carmín. Las milésimas de segundo parecían milenios en la lejanía.

Se sentó en la playa acariciando las olas, como si al hacerlo borrasen el nombre. Tiró el reloj que marcó tantos segundos al mar con la esperanza de que tal vez, en algún momento olvidaría las caricias que rebasaban ese reloj. La brisa le traía al corazón las caricias que sintió en algún momento en ese mismo lugar. Entonces, se dio cuenta que el príncipe a rayas había partido hacia algún lugar en el que nunca volverían a coincidir, o tal vez, si la vida quisiese si volverían a cruzarse. Pero no tenía la certeza de que el destino fuera tan frágil como para provocar que su alma se rompiese de nuevo. O tal vez sí. La incertidumbre era la nueva palabra dibujada en el cristal empañado del cuarto de baño, ya no había ni corazones, ni sonrisas de carmín. Entonces entendió que algún día, en algún momento escribiria la historia del principe a rayas…

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