Cuentos que se repiten…

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Rímel, tacones, vestido ceñido… Selea se encontraba lista para acudir a la fiesta de su amiga María. Llegó, se sirvió una copa y se apoyó en la barra. Alto, moreno, ojos verdes se acercó a ella, era sin dudarlo, su príncipe soñado. La invitó a una copa y Selea ruborizada sintió que su corazón daba un vuelco y sin parar de sonreír aceptó la proposición.

               Y con esa copa aceptó la primera cita, la primera rosa y la primera noche de sexo desenfrenado.

   Ella sentía el tictac de su corazón cada mañana, cada tarde y cada noche en que la pasión yacía sobre el colchón que ambos compartían. Pasaban las semanas y Selea notaba que su adicción iba aumentando poco a poco, paso a paso… Sentía que se había enamorado.

   Palpitaciones, mariposas, suspiros….

   Nunca creyó que su cuento no sería más que una ilusión pasajera creada por una percepción ilusa de la realidad. Pasado un tiempo, la perfección dio paso a las imperfecciones, el placer dio paso a la monotonía y antes de que ella pudiera reaccionar, se vio de vuelta en su casa de soltera y sin mediar palabra se sentó de nuevo sobre su frío colchón y se echó a llorar…

   Taquicardias, gusanos, lagrimas…

   Tras varias noches sin dormir y varias botellas de whisky decidió que un duelo de 60 días era suficiente. Y volvió a salir convencida de que para encontrar al príncipe había que besar varias ranas, una vez más, creía que los cuentos de príncipes y princesas existían… Y de nuevo, volvió a caer… Solo tardó una copa mas..

   Con la segunda copa volvieron a venir: las citas, el sexo en la primera noche, la primera amapola… y las palpitaciones, las mariposas, los suspiros…

    Y allí se encontraba Selea, 90 días después con una nueva casa, nuevo coche y nuevo perro. A pesar de su promesa de no volver a caer, de no volver a repetir lo mismo, lo hizo. Y de nuevo la casa, el perro, el amor, el sexo, dieron paso a las lágrimas, los gusanos y la vida de soltera sobre el sofá. Esta vez, creyó que debía cambiar de aires. Y se fue… Creyendo que al cambiar de ciudad cambiaria también su forma de pensar… Pero… No fue así…

365 días después estrenaba príncipe, casa, coche y perro… Solo que tal vez, solo tal vez, había aprendido que todo termina, que nada es infinito y que las personas tropezamos una y otra vez, pero no con las piedras, si no con nuestras debilidades, con nuestro pasado y con nuestros errores.

 No busques aquello que no encontraste una vez, no busques la perfección cuando estas hecho de imperfecciones, no pienses que los cuentos existen, y sobretodo no busques príncipes, busca ranas, de esta forma la percepción no idealizará y la vida te dará sorpresas… Disfruta de la vida, del amor, del sexo, de las lágrimas, de los gusanos y de las palpitaciones.

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Publicado en: Blog