Amores de frasco

 

imagenes-de-amor-5

Melancolía, tristeza, desgana, fracaso, desilusión, mentira… Es la letra pequeña que nunca leemos cuando firmamos con Cupido, allá por los 14. Son los posibles efectos adversos que tiene el jarabe de color pasión, y de los cuales nadie nunca nos advirtió. Y es que, aunque nos digan que debemos consultar al farmacéutico antes de tomar la dosis necesaria para vivir, al ver el frasco con esa apariencia tan excitante no solamente nos automedicamos, si no que nos tomamos el frasco entero. De frasco en frasco. De borrachera en borrachera. De lágrima en lágrima. Pretendiendo no pretender nada. Siendo aquello que nunca quisimos ser. Dando nuestra alma a una mentira, o tal vez, simplemente, al sofá. El ron corre por las venas intentando que anestesie al corazón, intentando apagar el efecto del jarabe. ¿Por qué no lo pensamos antes de tomar el frasco? Porque no pensamos, porque nos dejamos llevar por el encanto superficial, por el sabor que imaginamos que tendrá, porque somos incapaces de abrir los ojos y dejar la cuchara en el cajón. Una y otra vez lo mismo, y te aburres, y te cansas, pero no puedes evitarlo, no puedes evitar quedarte ahí, inerte, haciéndole el amor al sofá mientras imaginas que aquello que tienes debajo no es el sofá, mientras te fumas un cigarro y escuchas a Andrés Suarez…

   Y una canción, y un cigarro, y una chocolatina…

Al abrir el frasco no recordamos que la llama del mechero dura hasta que el gas se acaba, o hasta que el dedo se cansa de apretar la piedra. Creemos que la esencia de la sustancia puede variar, que tras pasar por nuestro cuerpo variará, cambiará, y lo creemos tanto que al mirarnos al espejo nuestro reflejo no aparece. Nos centramos tanto que nuestro mundo depende cuando nunca quisimos que dependiera. Una dosis del jarabe no esta de más, dicen que sin amor no se puede vivir, el problema es que resulta tan adictivo que no solo tomamos una dosis, tomamos una y dos, y tres y cuatro… Hasta el punto que aunque estemos empachados, seguimos tomando, hasta el punto que nos dejamos la madurez en el armario, para todos los días ir con aquellas coletas que nuestros padres nos colocaban, y es que aunque sabíamos que íbamos ridículos con ellas, las seguíamos llevando.

El hueco del sofá, la manta, el mando, la copa de ron…

Y es que, el masoquismo del ser humano llega hasta el punto que pensamos que queremos tirar el frasco a la basura, aunque nuestro interior nos pida una dosis mas, nos autoconvencemos de que si queremos pero que no podemos, cuando realmente es al revés. Podemos, pero no queremos, el jarabe nos atrae demasiado. Una de las curiosidades que tienen las farmacéuticas es que tienen múltiples tipos de jarabes, de distintas marcas, de distintos colores, con distintos aromas, pero somos capaces de coger una y otra vez el mismo, aún sabiendo que todo lo que nos vende es un producto caro que no vale para saciar, si no que adormece el corazón, y empeora la idiotez humana, bueno, no la empeora, la despierta.

   En píe, los vaqueros, una camisa, los tacones, pintalabios…

Por eso, queridos lectores los amores de frasco, sobretodo los de frasco caro, resultan tener una sustancia adictiva a la par que dañina. No es tan complicado tirar el frasco, solamente tiene que querer hacerlo. Elije un buen jarabe, no solamente que te sacie, si no que te cure…

   Y vuelves a sonreir… A vivir…

Anuncios